
El sol californiano le ha sentado divinamente a Los Angeles Lakers. Ha sido llegar al Staples Center y barrer de la pista a los Boston Celtics, en el partido -otra vez- más desigualado de toda la final. Un resultado de bulto que se veía venir desde el minuto uno. Era una opción relativamente probable que los de oro y púrpura salieran a marcar el territorio y se encontraran con un rival poco preparado para la batalla, con el pensamiento de que todavía tienen una bala en la recámara. Los Lakers han arrollado y los Celtics han opuesto una tímida resistencia.
La clave ha sido el colosal nivel defensivo de Los Angeles. Empezaron con mucha agresividad exterior, sobre todo en los dos por dos, impidiendo el ataque de fuera hacia dentro de Boston. Cuando los Celtics cambiaron un poco la situación, se encontraron con que los Lakers le habían blindado la zona. A la vez, mantuvieron una actividad altísima en la defensa de las líneas de pase que colapsó el ataque estático de los verdes. La solución habitual, las transiciones rápidas, no tuvieron lugar porque los Lakers también dominaban en el otro lado de la cancha, gracias a los desequilibrios generados por el trío Kobe-Gasol-Bynum. Artest apareció para aprovecharse con éxito de estas situaciones y, cuando no, siempre quedaba el rebote, dominado con tiranía por los de Phil Jackson.
Ante semejante panorama, los Lakers ya lideraban por diez puntos en el primer cuarto y seguían sumando con constancia. Para Boston, la única solución posible en ataque era la inspiración de sus mejores jugadores, y el único que alcanzó cierto brillo fue Paul Pierce. En el lado opuesto, hay que destacar el 1/8 en tiros de campo con el que llegó Rajon Rondo al descanso. Ni siquiera el banquillo, habitual parecela de dominio céltico, ha estado de su lado esta noche. Odom ha seguido en su dinámica de irregularidad regular (en esta serie: mal-mal-bien-mal-mal-bien) y ha hecho un encuentro sólido, acompañado por la exhuberancia de Shannon Brown, la inhabitual agresividad de Farmar y el acierto exterior de Vujacic. El banquillo bostoniano, en cambio, llegó con cero puntos anotados al descanso.

Con veinte puntos de ventaja, el tercer cuarto se convirtió en un intercambio de golpes leves entre los dos equipos. Los Celtics se dedicaban a mantener las apariencias mientras que los Lakers pensaban en lucir más y mejor, sin preocuparse ninguno de los dos por el resultado. El partido se había acabado mucho tiempo atrás. Lo demás fue ver a Gasol jugueteando con el triple-doble, aun sin la chispa de los dos primeros partidos de la serie y con problemas para anotar en el poste, o a DJ Mbenga sumando otro partido disputado en una final de la NBA.
Todo llevaba un rato listo para el séptimo partido. Desgraciadamente, es posible que el partido definitivo de la final se vea duramente determinado por las lesiones. Ahora mismo, la participación de los dos pívots titulares de la final está en el aire. Bynum probablemente juegue; lleva haciéndolo durante casi todos los Playoffs y no querrá perderse el partido más importante. La cuestión está en saber los minutos que podrá disputar y la calidad de los mismos. Hoy parecía estar en condiciones aceptables, hasta que se fue al vestuario a poco de comenzar el tercer periodo. En Boston, Kendrick Perkins se ha lesionado en el primer cuarto del partido. Su rodilla parece haber sufrido un esguince y mañana será explorada en profundidad.
El físico, indiscutiblemente determinante en cualquier deporte profesional, puede marcar de la peor manera una cita para la historia. Sólo será la tercera vez en los últimos veinte años que la final se decida en el séptimo partido, y lo hace en una serie que enfrenta a las dos franquicias con más títulos de la competición, campeonas también de los dos últimos. El del jueves será el partido con más alicientes que se haya jugado en la NBA en la última década.