Posteado por: vilares | 11 junio 2010

Sospechosos poco habituales

Cuando Glen Davis y Nate Robinson llegaron a los Celtics -el primero, en la segunda ronda del draft; el segundo, en un traspaso en febrero, cuando los Celtics parecían un equipo caducado-, era difícil pensar que serían determinantes en un partido de las finales de la NBA. Por estas maravillas que nos ofrece a veces la vida, que tampoco hay que adjudicarle la exclusividad al baloncesto o siquiera al deporte, hoy han empatado la serie entre Celtics y Lakers. 96-89 en el Garden, 2-2 en el global y un quinto partido apasionante para el domingo.

Big Baby ha debido de jugar esta noche en medio de una especie de trance espiritual. Después del partido ha declarado que se sentía como una bestia, como si nadie pudiera pararlo en la pintura desde sus dos metros pelados. Davis ha sido el sustento anotador de los Celtics durante los 22 minutos que ha estado en cancha. Ha anotado en tiros medianos asistidos, en uno por uno al poste bajo, en continuaciones y, sobre todo, tras rebote ofensivo. Por el rebote se ha desangrado hoy el equipo de Phil Jackson, sobre todo por los 16 ofensivos que han concedido en su zona. Davis ya contribuyó para sacar a su equipo del atolladero en el segundo cuarto, pero fue en el último periodo, con nueve puntos, cuando inscribió su nombre a fuego en el recuerdo de este partido.

En ese momento del cuarto final en el que el partido se desequilibraba, los jugadores de Boston Celtics dieron un importantísimo paso hacia adelante. Si bien Davis fue el más importante, Nate Robinson, su velocidad y su capacidad para dinamitar marcajes fueron claves para la victoria céltica. Robinson es una muestra más de un profesional discutido que lo deja todo aparte cuando ve el anillo y su gloria en el horizonte. Estaba totalmente fuera del equipo bien mediados los Playoffs, cuando un enorme segundo periodo en el último partido contra Orlando le devolvió a la cancha. Y, tanto aquel día como desde entonces, su actitud ha sido ejemplar.

Para completar la machada del banquillo, Tony Allen y Sheed, mal en ataque y grandes en defensa, anotaron dos tiros vitales cuando Boston les necesitó. Y en medio de todos estaba Ray Allen, que se liberó de las trece losas del martes para anotar un par de tiros importantes y, sobre todo, dotar de serenidad a los Celtics en medio de tanta pasión. Dos detalles que ha dejado el partido para reflejar el carácter de Sugar Ray: el primero, cuando, en el momento de la foto que ilustra esta entrada, Allen caminaba al lado de los dos protagonistas con una expresión seria, de pura concentración; el segundo, la bronca a Nate Robinson en el banquillo después de que recibiera una técnica por encararse con Lamar Odom.

Todo esto ha sucedido por muchas razones. Una de ellas, la más preocupante para los Lakers, es la lesión de Andrew Bynum. El pívot angelino sólo ha podido jugar 12 minutos en todo el partido debido a sus problemas en la rodilla. Le va a venir bien el día extra de descanso que hay hasta el domingo, pero no tenía buena pinta. Y los Lakers podrían haberse permitido la baja ocasional de Bynum en las tres series anteriores, contra equipos mucho más débiles en la pintura; ante estos Celtics de Garnett, Perkins, Davis y Wallace, la ausencia del center es dramática para Los Angeles. Hoy se ha visto que Lamar Odom, especialmente en el Garden, sufre mucho cuando la zona se lucha de forma tan encarnizada. Y Gasol también necesita un compañero que le descargue de trabajo, igual que a Kobe le viene mejor otra referencia interior que fije un defensor más en la zona.

Garnett, Rondo y Pierce han sido espectadores de la victoria de su equipo en el último cuarto. Pierce fue quien lideró el inicio del partido, por fin inspirado, con 11 puntos en el primer cuarto, y fue el que consolidó la ventaja que había creado el banquillo y cerró el choque; Garnett impidió que los Lakers se fueran en el marcador en el tercer periodo, con una reacción de carácter y talento que sólo él puede ofrecerle al Garden; y Rondo ha seguido en su línea discontinua del tercero. No era el día de estos tres. Ni siquiera el de Kobe Bryant, que ha disfrutado de un par de rachas anotadoras de las que le emparentan instantáneamente con Michael Jordan y que le dieron la iniciativa en el marcador a Los Angeles.

Hoy era el día de un chaval de Louisiana al que un día alguien empezó a llamar Big Baby. Es imposible que un apodo defina mejor a alguien. Es imposible que hoy haya alguien más feliz que él en todo el planeta basket.


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