
Foto: Joe Murphy/NBAE via Getty Images
108 décimas y unos cuantos detalles nos han dejado sin final de la NBA y han puesto en bandeja el 15º anillo para Los Angeles Lakers. Por si no había habido suficientes pruebas a lo largo de la historia sobre la relevancia de las cosas pequeñas en el deporte de la más alta competición, el partido del jueves podrá ser añadido al repertorio. Y de esto saben los Lakers, que tienen en su historia reciente muchos detalles muy pequeños que significaron grandísimas diferencias. ¿Verdad, Robert Horry?
Cuando los Orlando Magic fueron tan superiores como nunca en ningún otro momento en la serie, no pudieron sentenciar el partido. Pese a los problemas de faltas de los jugadores interiores de Los Angeles -Mbenga jugó minutos en el primer cuarto-; pese a que Bill Russell poseyó, por fin, a Dwight Howard en defensa y sirvió para anular la ofensiva Laker, que vivía sólo de Bryant; pese a que la circulación de balón de Orlando Magic fluyó como nunca; pese a todas estas circunstancias y con la ayuda de las excesivas pérdidas de balón, Orlando llegó con 12 puntos de ventaja al descanso (49-37) y dejó el partido todavía vivo.
Hedo Turkoglu está siendo el mejor jugador de Orlando en la final. Al inicio del tercer cuarto, cuando los Lakers aún no habían iniciado la reacción que igualaría el partido, el turco cometió su tercera falta totalmente prescindible por no querer correr para parar a Bryant en contraataque. Tres minutos más tarde, con los Lakers en la chepa de Orlando, Turkoglu hizo la cuarta personal, en una situación más lógica y menos evitable; de golpe y porrazo, Orlando se quedó con los Lakers a cinco puntos y sin su mejor jugador en ataque. Turkoglu no volvió hasta el último cuarto, sin el ritmo de juego de la primera mitad.
La remontada de Los Angeles Lakers no fue espectacular, al estilo de la que sufrieron el año pasado en este mismo escenario, en la otra punta del país y contra su enemigo histórico. Tiene sentido: no es lo mismo remontar 27 puntos que 12. Podía entrar dentro de los pronósticos que los Lakers remontasen la diferencia en la primera mitad del tercer cuarto; lo que no entraba dentro de los cálculos de nadie es que Trevor Ariza anotase 13 puntos en el tercer cuarto para forjar la remontada, entre contraataques, penetraciones y tiros exteriores a placer. Cierto es que Mickael Pietrus apareció en Orlando para contrarrestar el efecto Ariza.
Todos los detalles favorables a L.A. parecieron baldíos cuando el propio Turkoglu conectó dos canastas antológicas (un triple y un tiro de dos en carrera) para dejar a los Magic cinco puntos arriba a falta de 90 segundos de partido. Precisamente ahí aparecieron las 109 décimas fatídicas. Con 87-84 en el marcardor, Dwight Howard falló dos tiros libres que habrían puesto el 2-2. Tiempo muerto de Lakers, saque de banda en campo propio para que entre Bryant, Ariza y Fisher eviten las faltas y éste último sube el balón; le defendía Jameer Nelson, apuesta de Stan van Gundy contra el buen primer tiempo de Rafer Alston.
Nelson no había aportado gran cosa en general, aunque sí había estado bien en algunos minutos del último cuarto. Quizá eso fue lo que le hizo a Van Gundy apostar por él, quizá fue que no tenía muy claro el guión a seguir (de nuevo volvió a olvidarse de Courtney Lee, como en el segundo partido). El caso es que la apuesta terminó con una defensa horrible sobre Derek Fisher -fue reculando hasta quedarse detrás de la línea de tres, y le dejó metro y medio a Fisher, que sólo podía tirar un triple-, que perpetró el tiro de la foto que ilustra el post.
Podríamos estar sacando otros muchos detalles que escenificasen los motivos de la derrota de Orlando. Quizá se pueda sintetizar todo en uno: a Orlando Magic le costó un partido y medio creer que se habían metido en la final de la NBA, pero nunca han llegado a creer que podían ganar el anillo. En cambio, Los Angeles Lakers sabían que esta vez no se les escaparía. La determinación puede convertir una derrota justa en una victoria histórica.

